OMPP – Organización Mundial por la Paz

EL BIEN Y EL MAL: LA DUALIDAD QUE TODAS LAS CULTURAS HAN ENTENDIDO

Tocar fondo para volver a mirar: bien, mal y la dualidad que nos hace humanos

¿Qué pasa cuando todo se vuelve negro? ¿Qué ocurre en el corazón de una persona cuando la confianza se quiebra, la pérdida arrasa con la rutina y el sentido se deshilacha? Hoy no vamos a ofrecer respuestas fáciles. Lo que proponemos es mirar —con honestidad y ternura— la dualidad que habita en la Tierra: lo bueno y lo malo, la luz y la sombra, y cómo, a veces, tocar fondo nos empuja a movernos, a reconstruir, a transformar.

La dualidad no es una disputa: es una condición humana

Todas las culturas, en distintos lenguajes, han observado la misma tensión: el amor y la agresión, la compasión y la indiferencia, la creación y la destrucción. Algunas religiones lo describen como la lucha entre ángeles y demonios; otras lo entienden como fuerzas complementarias que se retroalimentan. En términos psicológicos, hablamos de aspectos luminosos y oscuros del yo; en términos sociales, hablamos de sistemas que generan cuidado o violencia.

No se trata de adjudicar moralidad absoluta a cada cosa: la dualidad es un hecho. Aceptarla nos permite entender que el “malo” y el “bueno” no son etiquetas fijas, sino posiciones que pueden ocupar las personas, las instituciones y las historias de manera reversible. Esa comprensión es el primer paso para una respuesta humana: si entendemos que la sombra existe, podemos diseñar puentes que mitiguen su daño y nutran la luz.

Diferentes tradiciones, una intuición compartida

En el cristianismo, la tradición habla de pecado, redención y la batalla entre la luz y las tinieblas; en la mística judaica y en el pensamiento sufí se encuentran símbolos de purificación a través del sufrimiento; el hinduismo y el budismo exploran la dualidad a través del karma y el desapego; las cosmovisiones indígenas ven el equilibrio entre fuerzas opuestas como condición para el buen vivir. Incluso en corrientes modernas y textos no canónicos (como ocurre con algunas lecturas New Age) reaparece la idea de universos locales, viajes del alma y lecciones a través de la adversidad.

Importa subrayar esto: no pedimos adhesión a ninguna de esas tradiciones. Lo que resulta invaluable es la constatación compartida: la experiencia humana interpreta el dolor y la oscuridad como momentos que pueden, a la larga, dar lugar a una transformación ética y práctica.

Tocar fondo: el abismo que enseña

Hay una idea persistente —y peligrosa si se malinterpreta— que afirma que el sufrimiento tiene valor en sí mismo. No. Sufrir no es un bien moral en sí mismo. Pero sí existe una experiencia psicológica conocida: ciertos umbrales de sufrimiento pueden desestructurar hábitos, certezas y narrativas que ya no sirven. Cuando alguien pierde un vínculo central —un padre, una pareja, una mascota que era centro de su mundo—, ese quiebre puede generar dos rutas: la aniquilación (huir, autodestruirse, silenciarse) o la reinvención (buscar sentido, construir justicia, transformar el dolor en acción).

Tocar fondo no garantiza la segunda ruta. Lo que sí ofrece es una ventana de oportunidad: cuando las defensas caen, la persona puede replantear prioridades. Esa reorganización puede abrir la compasión hacia otros que también sufren, o impulsar demandas sociales —por ejemplo, por justicia, por políticas que protejan a los vulnerables—. El desafío ético es acompañar a quien toca fondo sin romantizar su caída, y dotarlo de redes y recursos para levantarse.

Dios, no importa cómo lo llamemos

En el discurso público aparece la pregunta: ¿dónde está Dios cuando todo se derrumba? La respuesta que proponemos para una audiencia plural es humilde: la experiencia de abandono o de ausencia es real, y la teología debe permitir que la queja sea legítima. Las tradiciones más poderosas no sacan a la persona de su duda; le ofrecen lenguaje para nombrarla, rito para contenerla y comunidad para sostenerla.

No hace falta creer en un Dios personal para entender la función que esa idea cumple socialmente: un marco donde enunciar sufrimiento, un horizonte de sentido que permite resistir y un reclamo moral hacia quienes pueden aliviar el dolor. Para muchos, el “Dios que calla” es una metáfora del fracaso de las instituciones —laicismo, gobiernos, sistemas de salud— que no protegieron a sus ciudadanos. Hablar de divorcio con Dios, entonces, es también hablar de pérdida de confianza en lo institucional y del imperativo de construir alternativas.

Lo personal y lo colectivo: del duelo a la acción

Cuando el dolor se vuelve fuente de conciencia, surge una llamada ética: ¿qué hago con lo que siento? Transformar el duelo en acción no borra la herida, pero la hace significativa. Algunas vías concretas:

  • Memoria y visibilidad: acciones que dignifiquen a quienes faltan, desde canciones que narran historias hasta placas y murales que no permitan el olvido.
  • Apoyo comunitario: crear y sostener redes de acompañamiento para personas en duelo —no solo servicios clínicos, sino redes de vecinos, refugios y grupos de acompañamiento.
  • Justicia y política: exigir transparencia y responsabilidad al Estado y sus instituciones; promover políticas de protección animal y apoyo a las familias de víctimas.
  • Arte y cultura: convertir el dolor en obra, ofreciendo espacios donde otros puedan reconocerse y compartir.

Un llamado a la compasión activa

Si algo deja claro la reflexión sobre la dualidad es que el bien requiere acción. No es suficiente creer en la luz; hay que construirla. Eso incluye escuchar a quienes han tocado fondo, proteger a los más vulnerables, denunciar la violencia y sostener económicamente a quienes trabajan en la memoria y la búsqueda —madres buscadoras, refugios de animales, organizaciones comunitarias.

Un disco, una canción, una carta de convocatoria —todo gesto cultural— puede ser una herramienta de reparación cuando se hace con honestidad y con claridad sobre el destino de los recursos. Donar los ingresos a organizaciones que buscan desaparecidos o sostienen refugios no es solo caridad: es política moral.

No hay atajos, solo compañía

La dualidad entre bien y mal no se resuelve en un apunte teórico. Se trabaja en la vida concreta: en la decisión de acompañar, en la transparencia institucional, en el ritual que permite llorar, en la ley que protege, en las manos que recogen. Tocar fondo duele; pero no tiene por qué ser el final. Con redes, arte, justicia y cuidado, la caída puede devenir impulso para crear países y vecindarios más humanos.

No pedimos fe inquebrantable; pedimos responsabilidad compartida. Si algo une a las tradiciones y las ciencias es esto: no dejes solo a quien toca fondo. Sostén, escucha, actúa. Esa es la alianza mínima que nos salva y nos humaniza.

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