OMPP – Organización Mundial por la Paz

VIOLENCIA, CORRUPCIÓN, PLACER Y PODER:

UNA APROXIMACIÓN NEUROPSICOSOCIAL DESDE LA INVESTIGACIÓN PARA LA PAZ

En el marco de las mesas de trabajo y espacios de análisis desarrollados dentro de la Organización Mundial por la Paz, se han abordado diversos temas vinculados a los desafíos contemporáneos que afectan a la convivencia social. Entre ellos, la violencia ocupa un lugar central, no solo por su impacto directo en las comunidades, sino por la urgencia de comprender sus causas profundas y no limitar el análisis a sus manifestaciones visibles.

Sin embargo, durante estas reflexiones surgió una pregunta inevitable:
¿qué ocurre cuando la violencia no se expresa únicamente de forma física, sino también institucional, estructural o simbólica?
Es en este punto donde la violencia y la corrupción comienzan a converger como fenómenos distintos en apariencia, pero profundamente conectados en su origen.

A partir de estas reflexiones colectivas, surgió la iniciativa de investigar qué es lo que realmente nos vuelve violentos y, de manera paralela, qué nos conduce a normalizar prácticas corruptas. Más allá de explicaciones simplistas o exclusivamente punitivas, la investigación coincidió en un punto clave: tanto la violencia como la corrupción no surgen de manera espontánea ni aislada, sino que son el resultado de procesos acumulativos a lo largo de la vida, reforzados por contextos sociales que premian la impunidad y la gratificación inmediata.

Diversos estudios y enfoques interdisciplinarios han demostrado que las experiencias durante la infancia, especialmente aquellas relacionadas con traumas no resueltos, carencias afectivas o entornos de alta tensión, pueden convertirse en factores de riesgo a largo plazo. Estos elementos, cuando no son atendidos adecuadamente, tienden a manifestarse en la adultez mediante conductas agresivas, impulsivas o abusivas, ya sea contra otros individuos o contra el tejido institucional de una sociedad.

A ello se suman factores detonantes que pueden actuar como catalizadores de la violencia y la corrupción: episodios traumáticos recientes, el consumo de sustancias que alteran la química cerebral o situaciones de estrés prolongado. No obstante, durante el proceso de investigación impulsado desde la Organización Mundial por la Paz, se identificó un elemento adicional de especial relevancia: la inhibición cortical cerebral.

La inhibición cortical es un mecanismo neurológico fundamental para el autocontrol, la regulación de impulsos y la toma de decisiones conscientes. Este proceso ha sido ampliamente estudiado y aplicado en distintos campos, como la hipnosis clínica y otras metodologías de modificación conductual. Sin embargo, investigaciones neurocientíficas recientes sugieren que un déficit en este sistema de control podría estar estrechamente relacionado no solo con conductas violentas, sino también con prácticas corruptas y abusos de poder.

De manera particular, estos estudios apuntan a una hipótesis cada vez más relevante: tanto la violencia como la corrupción podrían estar vinculadas a un déficit en el control del placer. Cuando el cerebro no regula adecuadamente los circuitos de recompensa, el impulso por obtener satisfacción inmediata se impone sobre la empatía, la ética y la responsabilidad social.

En este punto emerge un factor clave: el placer asociado al poder.
El ejercicio del poder —cuando no cuenta con frenos internos ni externos— puede convertirse en una fuente intensa de gratificación. Dominar, imponer, controlar o someter activa los mismos circuitos cerebrales de recompensa que otras conductas adictivas. Así, la violencia se vuelve un medio y la corrupción una herramienta para sostener y amplificar ese placer.

Desde esta perspectiva, la violencia no siempre busca destruir, ni la corrupción únicamente enriquecerse; ambas pueden responder a una lógica más profunda: la búsqueda desregulada de placer y control, aun a costa del daño colectivo.

Este enfoque no pretende justificar la violencia ni la corrupción, sino comprenderlas para prevenirlas. Reconocer la dimensión neuropsicológica del comportamiento humano abre la puerta a políticas públicas, programas educativos y estrategias de intervención más eficaces, centradas en la prevención temprana, la salud mental, la regulación emocional y el fortalecimiento de la ética en el ejercicio del poder.

Desde la Organización Mundial por la Paz, esta línea de análisis refuerza una convicción fundamental: la paz no se construye únicamente desde la ausencia de conflicto, sino desde la comprensión profunda del ser humano y de los mecanismos que lo gobiernan. Investigar, dialogar y generar conocimiento basado en evidencia es un paso indispensable para desactivar los circuitos de violencia y corrupción, transformando el placer del dominio en responsabilidad colectiva y el poder en servicio social.

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